jueves

Metas

Te voy a explicar desde el principio, para que entiendas por qué soy como soy.
Cuando nací pesaba un kilo; poco más. La más ínfima enfermedad podía matarme, porque cualquier bacteria era más grande que mis defensas. No comía. No crecía. Una incubadora me mantuvo viva por cuarenta y cinco días, mes y medio en el que los médicos contaban en cuenta regresiva. Sin eufemismos: me daban por muerta.
Bien, es evidente que no morí.
Los mismos médicos, al verme viva, decían que era un milagro y que si sobrevivía (y dale, ¿aún no los convencí?) sería una persona enfermiza, débil. Dejando a un lado las fragilidades (o fortalezas, según como mire) emocionales y sentimentales (extrañarte, pensarte, llorarte, necesitarte), lo más grave que me pasó fue una infección urinaria que casi interpretaron como apendicitis hace unos años.
Lo que quiero decir es que la terquedad llegó a mí antes, incluso, que la consciencia. Es mi naturaleza. Desde que nací me pongo metas y las alcanzo, bendecida por diez mil dioses, metas que otros toman por imposibles. O metas pequeñas, algunas, otras imperceptibles, pero que en mí hacen la diferencia entre la incubadora y el aire puro. Confundo el instinto de supervivencia con la ambición, y los confundo a propósito. Porque una vez, la primera vez, los confundí sin querer, y el resultado fue la vida.
Y tú no eres mi vida, pero la haces más hermosa, así que no te asombres si te digo que eres una de mis metas. Y que los caminos pedregosos me asustan y hacen que me duelan los pies, pero no me detienen. Y que no te pierdo de vista. Y que estoy en marcha, corazón.

3 comentarios:

Saulo dijo...

Entre tanto, yo me escondo entre peñazcos.

Anónimo dijo...

Atada a Vanadis,

eres grandiosa!

Anónimo dijo...

http://www.redescritoresespa.com/C/contactos.htm